Silencio y río
Esa resplandescencia
El melón
“Los melones siempre nos parecieron, por una especie de
negación, la fruta de la sequía. Después de caminar por los valles parcelados o
por la agrietada tierra de las planicies polvosas, llegamos a donde había
melones y los comimos como quien extrae agua de un pozo en un oasis. Eran
improbables, nos reconfortaban, pero de hecho no saciaban nuestra sed. Aun
antes de abrirlos, los melones olían a un agua dulzona y encerrada. Su aroma
pesado no tiene filos. Para saciar la sed uno necesita algo agudo. (Los limones
son mejores.)

Cuando son pequeños y verdes, unos melones pueden sugerir
juventud. Pero rápidamente la fruta se torna algo sin edad—como una madre para
su hijo. Las imperfecciones de su piel—y siempre hay algunas—son como lunares o
como marcas de nacimiento. No son el signo de la maduración como las
rugosidades de otras frutas. Confirman simplemente que este melón es único y
que siempre será él mismo.
Para alguien que nunca ha comido uno, su exterior no da idea
alguna de lo que se puede hallar adentro: ese naranja flagrante, nunca visto
hasta el momento de abrirlo, que tiende hacia el verde. Las abundantes semillas
que yacen en el hueco central son del color de flamas pálidas, pero húmedas, y
su espaciamiento y su conglomeración desafían cualquier sentido del orden. Y
por todas partes esa resplandescencia.
El sabor de un melón conlleva oscuridad y luz de sol. Así,
milagrosamente, une estos opuestos que no podrían existir juntos de otra forma”.
Fragmento de “Aquí nos vemos”, de John Berger.
Como una brisa profunda
"El silencio, por cierto, era de una trama tan efímera, tan huidiza
como el día del agua, como la celestia del agua, como la lunación del agua". Juan L. Ortiz.
A la intemperie
A
LA CASA EN VENTA
Como
a una esclava en un mercado antiguo.
Y
hubo algún vendedor
con
barbas de saber bien lo que hacía:
señalaba
la blancura de tus muros,
manoseaba
tus árboles perplejos.
Pude tasar la infancia de mis hijos,
Pude tasar la infancia de mis hijos,
las
lluvias y las siestas de veinte años,
las
caricias de Negro, de aquel perro
que
se quedó dormido entre mis brazos.
Y
cómo pude ver que, terminada
la
ceremonia oscura de la entrega,
otra
cara, otra voz, otra mirada
hacia
un no sé y un nunca te llevaba
entre
el rumor creciente de la feria.
Yo
debí pasar hambre hasta quedarme
con
todo el corazón a la intemperie,
antes
que ver hollados los recuerdos
por pisadas ajenas.
por pisadas ajenas.
Hoy
buscaré un mercado, uno cualquiera,
para
vender mis culpas.
Y
mi pena.
Ese liviano pájaro de luz
Probar la sal de la tierra
"Inventamos utopías para el futuro. Hoy tenemos la tendencia a idealizar el pasado.
Los ladridos en medio de la noche eran casi siempre ignorados. A casi nadie le importaban. Aguantar. Resistir. Esquivar la desesperanza. Devolver el golpe.
Creer en la virtud a pesar de todo. Probar la sal de la tierra. Y convencerse de que el sistema actual no puede durar. No puede. No fue siempre así".
Fragmento entrevista a John Berger, ABC Cultural
La isla es un drama geográfico
"Como yo soy criatura de islas, acontéceme que pienso mucho en ellas. Creo auscultarles el corazón y percibir el angustiado soplo de la víscera. Creo saber más de su intimidad, de su naturaleza singular que aquellos que les miden cabos, montes o puertos. Más de una vez he escrito sobre ellas, y seguiré escribiendo si Dios quiere. La mía, sobre todo, la tengo como un pájaro exquisito que nunca toco sin un miedo oscuro de quebrarle las alas".
El sentido íntimo de las cosas
¿He meditado sobre Dios y el alma
Y sobre la creación del mundo?
No sé. Para mí pensar en esto es cerrar los ojos
Y no pensar. Y correr las cortinas
De mi ventana ( que no tiene cortinas ).
Y sobre la creación del mundo?
No sé. Para mí pensar en esto es cerrar los ojos
Y no pensar. Y correr las cortinas
De mi ventana ( que no tiene cortinas ).
(Fragmento de poema V de "El guardador de rebaños" - Alberto Caeiro, heterónimo de Fernando Pessoa).
La estructura del laberinto
Has de saber que algunos colocan aldabas por detrás de los muros, dijo el anciano.
La mano que tiembla, merodea en los bordes, titubea en su afán laberíntico,
así es como invalida el gesto. (Del Libro de los cerrojos).
Jugar a las escondidas
latido del corazón,
sin hacerse ver por mí pero mostrándose a los demás
como una máscara
que jamás me quita.
... Demasiadas fotografías son culpables.
Buscándole un parecido
como de animales
que han quedado grabadas
en algunas monedas antiguas
pudo morigerar su antagonismo.
¡Cuchara, vidrio, cuchillo, aljibe, espejo!
No quiero más fotografías de esa cara
que no es la misma cara que estaba adentro
de una cuchara
ni en el vidrio, ni en el cuchillo, ni en el aljibe,
ni siquiera en el espejo".
Fragmento de "La cara", Silvina Ocampo.
Profesión de trino

"Tomo un pedazo de pan duro,
lo remojo en el agua
y lo doy a los pájaros de arriba.
Come un gorrión el pan y luego tiende
sus alas al espacio:
… , el pan duro se ha convertido en vuelo".
“Didáctica de la alegría - La Alegropeya",
Leopoldo Marechal.
El árbol inefable
Hay en la casa un Árbol
que no plantó la madre ni riegan los abuelos:
Su primavera no es la que fundan las rosas:
no es la vaca encendida ni el huevo de paloma.
Su otoño no es el tiempo que trae desde el mar
caballos irascibles, por tierras de azafrán.
Al Árbol suben otras primaveras e inviernos:
el enigma es del niño, del poeta y del perro.
Cuando la primavera sube al Árbol-sin-nombre,
vestidos de cordura florecen los varones;
y Amor, en pie de guerra, se desliza
de pronto a la sabrosa soledad de las hijas.
Entonces el sabor de algún cielo perdido
desciende con el llanto de los recién nacidos.
Pero cuando el invierno lo desnuda y oprime,
sobre los techos llueven sus hojas invisibles,
y, horizontal, cruza las altas puertas
alguien que por el cielo desaprendió la tierra.
Hay en la casa un Árbol que los grandes no vieron:
el enigma es del niño, del poeta y del perro.
Leopoldo Marechal - "Poema del árbol"
Progresión narrativa, el saber de la comunidad
"Como otras tareas de la comunidad, tiene la función de proporcionar expresión y contento a las experiencias particulares para que sean reconocidas por la totalidad de la sociedad, para que las percepciones (del tiempo y del espacio, por ejemplo) puedan adquirir un significado común sobre el cual será posible construir el aprendizaje de cada ciudadano".
"En la historia inuit, dice Bonnefoy, "muchos acontecimientos aparecen insinuados, os simplemente definidos por su ausencia, en relatos que aparentemente no dicen nada acerca de ellos."
"Las ideas inaprensibles de tiempo y espacio están siempre implícitamente presentes cuando quedan recogidas en una historia, y adquieren, bajo la forma narrativa, una identidad concreta que puede ser poseída, sea por un grupo o por un individuo."
"Para el inuit ... el "buen verso" pertenece al individuo encargado de decirlo y a la sociedad que le ofrece ese encargo, del mismo modo que, para los occidentales, la tierra sobre la que está construida una casa pertenece a quien la habita o al tiempo asignado al trabajo o al ocio pertenece a cada ciudadano".
"La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias", Alberto Manguel.
Al margen de las noches
Hay alguien que está mirando a través de los vidrios empañados, abre la puerta encristalada del bar, todo es neblinoso, incluso dentro, como visto por ojos de miope, o bien por ojos irritados por granitos de carbón. Son las páginas del libro las que están empañadas como los cristales de un viejo tren, soa nube debre las frases se posa l humo.
Es una noche lluviosa; el hombre entra en el bar; se desabrocha la gabardina húmeda; una nube de vapor lo envuelve; un silbido parte a lo largo de los rieles brillantes de lluvia hasta perderse de vista. Un silbido como de locomotora y un chorro de vapor se alzan de la máquina del café que el viejo barman pone a presión como si lanzase una señal, o al menos eso parece por la sucesión de las frases del segundo párrafo, en el cual los jugadores de las mesas cierran el abanico de las cartas contra el pecho y se vuelven hacia el recién llegado con una triple torsión del cuello, de los hombros y de las sillas, mientras los clientes de la barra levantan las tacitas y soplan en la superficie del café con labios y ojos entornados, o sorben el reborde de las jarras de cerveza con una atención exagerada para que no se derramen.
El gato arquea el lomo, la cajera cierra el registrador de la caja que hace tlín. Todos estos signos convergen para informar que se trata de una pequeña estación de provincias, donde quien llega es al punto notado.
Las estaciones se parecen todas; poco importa que las luces no logren iluminar más allá de su halo deslavazado, total éste es un ambiente que tú conoces de memoria, con el olor a tren que perdura incluso después de que todos los trenes han partido, el olor especial de las estaciones después de haber partido el último tren.
Las luces de la estación y las frases que estás leyendo parecen tener la tarea de disolver más que de indicar las cosas que afloran de un velo de oscuridad y niebla.
Yo he bajado en esta estación esta noche por primera vez en mi vida. Ya me parece haber pasado en ella toda una vida, entrando y saliendo de este bar, pasando del olor de la marquesina al olor a serrín mojado de los retretes, todo mezclado en un único olor que es el de la espera, el olor de las cabinas telefónicas cuando sólo queda recuperar las fichas,
porque el número llamado no da señales de vida.
Yo soy el hombre que va y viene entre el bar y la cabina telefónica. O sea: ese hombre se
Cuelgo el auricular, espero la lluvia de chatarra garganta metálica abajo, vuelvo a empujar la puerta de cristales, a dirigirme hacia las tazas amontonadas a secar entre una nube de vapor.
Las máquinas-exprés en los cafés de las estaciones ostentan un parentesco con las locomotoras, las máquinas exprés de ayer y de hoy con las locomotrices y locomotoras de ayer y de hoy. Por mucho que vaya y venga, que vague y dé vueltas, estoy cogido en la trampa, en esa trampa intemporal que las estaciones tienden infaliblemente.
Un polvillo de carbón aletea aún en el aire de las estaciones, aunque haga muchos años que han electrificado todas las líneas, y una novela que habla de trenes y estaciones no puede dejar de transmitir este olor a humo.
Hace ya un par de páginas que estás avanzando en la lectura y sería hora de que se te dijera claramente si ésta en la que he bajado de un tren con retraso es una estación de antaño o una estación de ahora; y en cambio las frases siguen moviéndose en lo indeterminado, en lo gris, en una especie de tierra de nadie de la experiencia reducida al mínimo común denominador.
Ten cuidado: con seguridad se trata de un sistema para implicarte poco a poco, para capturarte en la peripecia sin que te des cuenta: una trampa. O acaso el autor está aún indeciso, como por lo demás tampoco tú lector estás muy seguro de qué te gustaría más leer: si la llegada a una vieja estación que te dé la sensación de una vuelta atrás, de una reocupación de los tiempos y de los lugares perdidos, o bien un relampagueo de luces y sonidos que te dé la sensación de estar vivo hoy, del modo en el cual hoy se cree
que da gusto estar vivo".
Fragmento de "Si una noche de invierno un viajero", Italo Calvino.
Cartografía para transitar el laberinto mágico
"Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido"
"Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias. «Una gran biblioteca» —observa Northrop Frye en uno de sus muchos cuadernos de notas—, «posee realmente el don de lenguas y un gran potencial para la comunicación telepática.»
Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.»
"Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio".
El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite. Puede verse dominado por el horror —a la acumulación o a la magnitud, al silencio, a la admonición burlona de que es mucho lo que ignora, a la vigilancia—, y parte de esa sensación abrumadora puede seguir aferrada a él una vez aprendidos los rituales y las convenciones, una vez cartografiado el territorio, una vez comprobada la actitud amistosa de los nativos".
"Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario. La inercia y una mal reprimida afición a los viajes decidieron otra cosa. Hoy, sin embargo, cumplidos los cincuenta y seis años («la edad» —como afirma Dostoyevski en El idiota—, «a la cual puede decirse con razón que comienza la verdadera vida»), he vuelto a ese temprano ideal y, aunque no puedo decir que sea propiamente bibliotecario, vivo entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites comienzan a desdibujarse o a coincidir con los de mi casa. "
“Durante el día, en la biblioteca reina el orden. Me muevo con un propósito concreto, a lo largo y a través de los corredores de letras, en busca de un nombre o una voz, convocando los libros a mi presencia de acuerdo con la clasificación que tienen asignada. La estructura de la biblioteca es evidente: un laberinto de líneas rectas, no para perderse sino para encontrar…
Pero de noche, el ambiente cambia. Los sonidos son más apagados, los pensamientos se hacen oír con mayor fuerza. «Sólo en la oscuridad levanta el vuelo la lechuza de Minerva», observó Walter Benjamín citando a Hegel. El tiempo parece más cercano a ese momento a medio camino entre la vigilia y el sueño en el que el mundo puede reinventarse cómodamente. Mis movimientos se hacen inconscientemente más furtivos, mi actividad, secreta. Me convierto en una especie de fantasma. Los libros son ahora la presencia real, y soy yo, su lector, quien, por medio de rituales cabalísticos y letras a medias vislumbradas, es convocado y atraído hacia cierto volumen y cierta página.
Un libro llama a otro inesperadamente, creando alianzas por encima de culturas y siglos diferentes. Una línea a medias recordada despierta el eco de otra por razones que, a la luz del día, siguen sin hacerse evidentes. Si la biblioteca parece por la mañana un eco del severo y razonablemente ilusorio orden del mundo, de noche parece regocijarse en la confusión festiva, esencial, del universo”.
"De día o de noche, sin embargo, mi biblioteca es un territorio privado, muy distinto de una biblioteca pública, grande o pequeña, y diferente también de esas bibliotecas electrónicas fantasmagóricas acerca de cuya famosa universalidad sigo abrigando un escepticismo moderado. La geografía y costumbres de cada una de ellas son diferentes, aunque las tres tienen en común la voluntad explícita de armonizar nuestro conocimiento y nuestra imaginación, de agrupar y parcelar la información, de reunir en un lugar nuestra experiencia indirecta del mundo y de excluir, al mismo tiempo, las experiencias de otros muchos lectores, por tacañería, ignorancia, incapacidad o temor."
"Me gusta imaginar que, en el siguiente al último de mis días, mi biblioteca y yo nos desmoronaremos juntos, de forma que, aun cuando ya no exista, seguiré junto a mis libros."
"Al entrar en una biblioteca, siempre me sorprende la forma en que ésta impone al lector, a través de su clasificación, una cierta visión del mundo."
"Algunas noches sueño con una biblioteca totalmente anónima en la que los libros carecen de título y no tienen autor, sino que forman una corriente narrativa continua en la que convergen todos los géneros, todos los estilos, todas las historias; una narración en la que ningún protagonista, ningún lugar, está identificado, una corriente que me permite lanzarme a ella en cualquier punto."
“¿Es posible organizar una biblioteca de forma que imite esa ordenación asociativa y caprichosa, una biblioteca que puede parecer al observador desavisado una azarosa distribución de libros, cuando, de hecho, sigue una organización lógica, profundamente personal?”, y para tal pregunta Manguel tiene una respuesta, la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica el capítulo titulado ‘La biblioteca como mente’.
Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era «Vive y no me hagas daño». En la biblioteca Warburg “los libros de filosofía estaban colocados junto a los de astrología, magia y folclore, y los compendios de arte se codeaban con obras de literatura y religión, mientras que los manuales de lengua estaban colocados junto a volúmenes de teología, poesía y arte”. Refiere Manguel que el filósofo Cassirer la visitó en 1920, y al final del recorrido exclamó: “No volveré jamás. Si regresara a este laberinto acabaría perdiéndome”.
... “Una mitad de mi biblioteca está formada por libros que recuerdo y lastra por libros que he olvidado. Ahora que mi memoria no es tan buena como era, las páginas se desvanecen cuando trato de evocarlas. Algunas han desaparecido enteramente de mi experiencia, olvidadas e invisibles. Otras se me aparecen tentándome con un título, o una imagen, o con unas pocas palabras carentes de contexto. ¿Qué novela comienza con las palabras «Una tarde de primavera de 1890»? ¿Dónde leí que el rey Salomón utilizó un espejo para averiguar si la reina de Saba tenía las piernas peludas? ¿Quién escribió ese extraño libro Vuelo a la oscuridad, del que sólo recuerdo la descripción de un corredos sin salida lleno de pájaros batiendo las alas? ... En algún lugar de mi biblioteca se encuentran las respuestas a estas preguntas, pero he olvidado dónde”.
“Una biblioteca no necesita ser leída en su totalidad: a todo lector conviene un equilibrio razonable entre el conocimiento y la ignorancia, entre el recuerdo y el olvido. En 1930, Robert Musil imaginó a un bibliotecario abnegado que trabaja en la Biblioteca Imperial de Viena y que conoce uno por uno todos los títulos de sus gigantescos fondos. «¿Quiere saber cómo he podido familiarizarme con cada uno de estos libros?» –pregunta a un atónito visitante–. «Nada me impide decírselo: no he leído ninguno». Y añade: «El secreto de todo buen bibliotecario consiste en no leer los libros que tiene a su cargo, exceptuando el título y el índice. ¡El que mete las narices en un libro está perdido!
“Conservo una lista de libros que a mi juicio faltan en mi biblioteca y espero comprar algún día, y otra, más ilusoria que útil, de libros que me gustaría tener pero que ni siquiera sé si existen. Esta segunda lista incluye una Historia universal de los fantasmas, una Descripción de la vida n las bibliotecas de Grecia y Roma, una tercera novela policíaca de Dorothy Sayers acabada por Hill Paton Walsh, un libro de Chesterton sobre Shakespeare, un compendio de la obra de Aristóteles debido a Averroes, un libro de cocina literario con recetas basadas en descripciones imaginarias, una traducción de La vida es sueño de Calderón hecha por Anne Michaels (cuyo estilo, creo, se ajustaría admirablemente al de Calderón), una Historia del chisme, las Memorias verídicas no censuradas de una editora, de Louise Dennos, una biografía de Borges bien escrita y documentada, un relato de lo que ocurrió exactamente durante el cautiverio de Cervantes en Argel, una novela inédita de Joseph Conrad y el diario de la Milena de Kafka”.
Pero de noche, el ambiente cambia. Los sonidos son más apagados, los pensamientos se hacen oír con mayor fuerza. «Sólo en la oscuridad levanta el vuelo la lechuza de Minerva», observó Walter Benjamín citando a Hegel. El tiempo parece más cercano a ese momento a medio camino entre la vigilia y el sueño en el que el mundo puede reinventarse cómodamente. Mis movimientos se hacen inconscientemente más furtivos, mi actividad, secreta. Me convierto en una especie de fantasma. Los libros son ahora la presencia real, y soy yo, su lector, quien, por medio de rituales cabalísticos y letras a medias vislumbradas, es convocado y atraído hacia cierto volumen y cierta página.
Un libro llama a otro inesperadamente, creando alianzas por encima de culturas y siglos diferentes. Una línea a medias recordada despierta el eco de otra por razones que, a la luz del día, siguen sin hacerse evidentes. Si la biblioteca parece por la mañana un eco del severo y razonablemente ilusorio orden del mundo, de noche parece regocijarse en la confusión festiva, esencial, del universo”.
"De día o de noche, sin embargo, mi biblioteca es un territorio privado, muy distinto de una biblioteca pública, grande o pequeña, y diferente también de esas bibliotecas electrónicas fantasmagóricas acerca de cuya famosa universalidad sigo abrigando un escepticismo moderado. La geografía y costumbres de cada una de ellas son diferentes, aunque las tres tienen en común la voluntad explícita de armonizar nuestro conocimiento y nuestra imaginación, de agrupar y parcelar la información, de reunir en un lugar nuestra experiencia indirecta del mundo y de excluir, al mismo tiempo, las experiencias de otros muchos lectores, por tacañería, ignorancia, incapacidad o temor."
"Me gusta imaginar que, en el siguiente al último de mis días, mi biblioteca y yo nos desmoronaremos juntos, de forma que, aun cuando ya no exista, seguiré junto a mis libros."
"Al entrar en una biblioteca, siempre me sorprende la forma en que ésta impone al lector, a través de su clasificación, una cierta visión del mundo."
"Algunas noches sueño con una biblioteca totalmente anónima en la que los libros carecen de título y no tienen autor, sino que forman una corriente narrativa continua en la que convergen todos los géneros, todos los estilos, todas las historias; una narración en la que ningún protagonista, ningún lugar, está identificado, una corriente que me permite lanzarme a ella en cualquier punto."
“¿Es posible organizar una biblioteca de forma que imite esa ordenación asociativa y caprichosa, una biblioteca que puede parecer al observador desavisado una azarosa distribución de libros, cuando, de hecho, sigue una organización lógica, profundamente personal?”, y para tal pregunta Manguel tiene una respuesta, la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica el capítulo titulado ‘La biblioteca como mente’.
Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era «Vive y no me hagas daño». En la biblioteca Warburg “los libros de filosofía estaban colocados junto a los de astrología, magia y folclore, y los compendios de arte se codeaban con obras de literatura y religión, mientras que los manuales de lengua estaban colocados junto a volúmenes de teología, poesía y arte”. Refiere Manguel que el filósofo Cassirer la visitó en 1920, y al final del recorrido exclamó: “No volveré jamás. Si regresara a este laberinto acabaría perdiéndome”.
“Una biblioteca no necesita ser leída en su totalidad: a todo lector conviene un equilibrio razonable entre el conocimiento y la ignorancia, entre el recuerdo y el olvido. En 1930, Robert Musil imaginó a un bibliotecario abnegado que trabaja en la Biblioteca Imperial de Viena y que conoce uno por uno todos los títulos de sus gigantescos fondos. «¿Quiere saber cómo he podido familiarizarme con cada uno de estos libros?» –pregunta a un atónito visitante–. «Nada me impide decírselo: no he leído ninguno». Y añade: «El secreto de todo buen bibliotecario consiste en no leer los libros que tiene a su cargo, exceptuando el título y el índice. ¡El que mete las narices en un libro está perdido!
“Conservo una lista de libros que a mi juicio faltan en mi biblioteca y espero comprar algún día, y otra, más ilusoria que útil, de libros que me gustaría tener pero que ni siquiera sé si existen. Esta segunda lista incluye una Historia universal de los fantasmas, una Descripción de la vida n las bibliotecas de Grecia y Roma, una tercera novela policíaca de Dorothy Sayers acabada por Hill Paton Walsh, un libro de Chesterton sobre Shakespeare, un compendio de la obra de Aristóteles debido a Averroes, un libro de cocina literario con recetas basadas en descripciones imaginarias, una traducción de La vida es sueño de Calderón hecha por Anne Michaels (cuyo estilo, creo, se ajustaría admirablemente al de Calderón), una Historia del chisme, las Memorias verídicas no censuradas de una editora, de Louise Dennos, una biografía de Borges bien escrita y documentada, un relato de lo que ocurrió exactamente durante el cautiverio de Cervantes en Argel, una novela inédita de Joseph Conrad y el diario de la Milena de Kafka”.
"Citar es hacer uso de la Biblioteca de Babel; citar es reflexionar sobre lo que se ha dicho antes, y, a menos que lo hagamos, hablaremos en un vacío en el que ninguna voz humana podrá hacerse oír. “Escribir sobre historia es citarla”, declaró Walter Benjamin.
Séneca, haciéndose eco de ideas estoicas anteriores a él en cuatrocientos años, negó que los únicos libros que deban importarnos sean los de nuestros contemporáneos y nuestros conciudadanos. En cada biblioteca podemos elegir los libros que deseamos llamar nuestros; cada lector, nos dice, puede inventar su propio pasado. Observó que el supuesto según el cual no podemos elegir a nuestros padres es, en efecto, falso, porque podemos elegir a nuestros antepasados".
"Toda biblioteca es excluyente, ya que la selección que supone su contenido, por vasta que sea, deja fuera de sus muros innumerables estantes de escritos que, ya sea por motivos de gusto, conocimiento, espacio o tiempo, no han sido incluidos en ella. Cada biblioteca evoca su propia sombra; cada ordenación crea, en su estela, una biblioteca fantasmal hecha de ausencias.""
"Los libros soñados a través de los tiempos por narradores tan libres de trabas forman sin duda una biblioteca más vasta que aquéllos que resultan de la invención de la imprenta, quizá porque el reino de los libros imaginarios permite que pueda existir un libro, aún no escrito, que escape a todos los errores e imperfecciones a los cuales sabemos que estamos condenados."
"Podemos imaginar los libros que nos gustaría leer, aunque no hayan sido escritos todavía, y podemos imaginar bibliotecas llenas de libros que desearíamos poseer, aunque estén fuera de nuestro alcance, porque nos gusta soñar con la existencia de una biblioteca que reflejara todos nuestros intereses y nuestras pequeñas excentricidades, una biblioteca que, en su variedad y complejidad, respondiera exactamente a los lectores que somos."
“Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido".
"Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio”.
Fragmentos de "La bliblioteca de noche", de Alberto Manguel.
Liturgia de la arrogancia
"Una y otra vez exhiben
volubles lágrimas de niebla.
Nada inquieta menos
que el alarde ".
(Bertrand Hollmann, "Miserere")
Xul, un demiurgo, capaz de recrear el mundo
(...) "Había algo, a pesar de su sabiduría, de niño en Xul Solar. (...) Si Macedonio (Fernández) vivía pensando el mundo, repensándolo, tratando de entenderlo; Xul Solar era un demiurgo que vivía recreando el mundo ... examinaba todas las cosas ..., las examinaba y las reformaba. Por eso yo nunca llegué a entender muchas invenciones de Xul porque el pensamiento de Xul era incesante. (,,,)
"El juego del ajedrez suele parecer demasiado complicado ... en cambio a Xul le aprecía demasido simple. Entonces inventó el panjuego, el juego universal, el juego que sería lo que el ajedrez es a las damas y que se jugaba en distintos planos."
"Xul era astrólogo y se burlaba desde luego de aquellos astrólogos que dan muchas importancia al hecho de haber nacido bajo tal signoo tal otro. decía que ese era un aspecto de la astrología y nada más. Entonces el panjuego era un juego que era muchísimas cosas a la vez ... Estaba hecho de tal modo, que, al hacer una jugada, uno al mismo tiempo fijaba un horóscopo, componía un verso, decía palabras en uno de los dos idiomas inventados por él, es decir, el jugador era un dios múltiple."
(...) "Esto no agota el número de sus invenciones: él estaba reformando el idioma, le molestaba - con razón creo - la torpeza y, digamos, y la excesiva largura de las palabras españolas. (,,,) una noche llegó a nuestra reunión, con un aire triunfal y nos dijo: "tengo una excelente noticia ...: ha muerto el adverbio". (...)
"Quiero hacer notar una circunstancia extraña: es el hecho de que ustedes hayan invitado a un ciego a que les hable de pintura. Esto es bastante curioso pero, desde luego yo he visto la pintura de Xul y sigo viendo esa pintura, o para hablar con más propiedad, Xul y su pintura siguen viéndome."
Extracto de la conferencia sobre Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari) pronunciada por Jorge Luis Borges en 1975.
Música: "Les Pleurs, Mr. de Sainte Colombe", versión para viola, solo de Jordi Savall.
Señas como cantos de sirena
Y hay, entre todos los que se aman, algunos que no pueden
lograr nunca el descanso en los brazos del amado. A esos,
la serenidad del corazón no los alcanza, y les toca el trabajo
constante de inventar -para poder saber el uno del otro-
un lenguaje de señas semejante al de los barcos
que a través de luces o sirenas se llaman en la noche,
a veces se responden, otras veces se ignoran y se vuelven
solitarios y callados como las criaturas
del fondo del mar.
"El descanso", de Claudia Masin en "La Plenitud".
Foto: "Ejercicio plástico"; David Alfaro Siqueiros.

