Up-close, la ductilidad de Sol Gabetta

El compositor y director de cine holandés Michel van der Aa estrenó el 18 de marzo, en el centro Barbican de Londres ,"Up-close", un concierto para una cello solista y un conjunto de cuerda que incluye elementos multimedia.
La argentina Sol Gabetta estuvo a cargo del solo, acompañada por la Amsterdam Sinfonietta, formada por veintidós intrumentos de cuerda.
En el espectáculo -señala la crónica de Queo Digital de México- interactúan "la música del cello y la orquesta con una "realidad misteriosa" reflejada en una gran pantalla situada tras los intérpretes".  
En la obra - que hoy puede verse en DVD - una mujer madura que representa el "alter ego" de la cellista, lucha desde la proyección fílmica por comunicarse con ella e influir en su interpretación.
Michel van der Aa logró amalgamar su carrera como compositor y director de orquesta con la de cineasta.  En sus espectáculos combina la música de cámara con originales puestas en escena. 

Variaciones del silencio


La música, en la calle, camina a la par
de los transeúntes, envuelta en su pañuelo multicolor.
Calla aun si suena una melodía. No se exhibe. Tinta invisible
que escribe el silencio.

Salta - Argentina - 2009






























Una frase, una vida entera



"Empiezo a desear un lenguaje parco como el que usan los amantes, palabras rotas, palabras quebradas, como el roce de las pisadas en la acera,
palabras de una sílaba como las que usan los niños cuando entran en un cuarto donde su madre está cosiendo y cogen del suelo una hebra de lana blanca, una pluma, o un retal de chintz. 
Necesito un aullido, un grito".(1)


“Los libros de segunda mano son libros salvajes, sin hogar; se han unido, como aves de plumas abigarradas, 
y poseen el encanto del que carecen los volúmenes domesticados de la biblioteca” (2)
                                                                                                                

"El número de libros que existe en el mundo es infinito y uno se ve obligado a vislumbrar, a asentir con la cabeza y a retomar la marcha tras un instante de conversación, un fugaz momento de comprensión cuando, fuera en la calle, uno caza una palabra al pasar y a partir de una frase casual se inventa una vida entera". (3)



(Fragmento de "Las Olas" (1), Fragmento "Paseos por Londres" (2) y (3) Virginia Woolf)

Virgina Woolf - Londres y los libros



"
"Empiezo a desear un lenguaje parco como el que usan los amantes, palabras rotas, palabras quebradas, como el roce de las pisadas en la acera,
palabras de una sílaba como las que usan los niños cuando entran en un cuarto donde su madre está cosiendo y cogen del suelo una hebra de lana blanca, una pluma, o un retal de chintz. 
Necesito un aullido, un grito".(1)


“Los libros de segunda mano son libros salvajes, sin hogar; se han unido, como aves de plumas abigarradas, 
y poseen el encanto del que carecen los volúmenes domesticados de la biblioteca” (2)
                                                                                                                

"El número de libros que existe en el mundo es infinito y uno se ve obligado a vislumbrar, a asentir con la cabeza y a retomar la marcha tras un instante de conversación, un fugaz momento de comprensión cuando, fuera en la calle, uno caza una palabra al pasar y a partir de una frase casual se inventa una vida entera". (3)



(Fragmento de "Las Olas" (1), Fragmento "Paseos por Londres" (2) y (3) Virginia Woolf)

Londres - Malvinas - Retrospectiva



Estuve en Londres
Podría describir la ciudad
Aquí dejé algunos apuntes fotográficos, apresurados. 
De todos modos, no supe descifrar el ritmo íntimo la ciudad.
, que Como sea, en el avión, que me devolvía 
a la Argentina, mi país, encontré en mi equipaje de mano
un libro. de Fowill: "Los Pichiciegos".
Por alguna razón estaba ahí.
Había sido un regalo, cuidadosamente elegido para mí.
Me dí cuenta, tarde, del amor de esa ofrenda.
Y sucedió que la , visita a Londres 
empezó a tener sentido.
Sin escalas, leí el Los Pichiciegos de principio a fin.
Lo que siguió fue una reflexión sobre la Guerra de Malvinas
y los tiempos de la dictadura militar en la Argentina 
entre el 76 y la guerra.




En simultáneo, veía instantáneas de Londres que habían quedado registradas 
por una máquina digital. Algunos sitios estéticamente bellos 
con los que no sentía conexión, salvo con el monumento a las mujeres caídas
en la Primera Guerra Mundial y otro par de excepciones.




Atrás estaba Inglaterra. Ahora tenía delante de mis ojos a los soldados argentinos en las islas Malvinas.

... "esa nieve ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesos tenían nieve. Nieve: barro pesado, helado, frío y pegajoso".





Me había entusiasmado con ciertos estilos arquitectónicos, el Tudor de sus piedras, el victoriano del famoso Towe Birgde los resabios del industrialismo en sus fachadas de ladrillo. No había investigado mucho. Quería que mi retina se sorprendiera. No mucho más.
. Ahora tenía delante de mis ojos a los soldados argentinos en las islas Malvinas. 
Tan lejos de esa ciudad, tan lejos de casa como dice "Reina Madre" de Raul Porchetto.

"Si hay algo peor que la mierda de uno o de los otros, es el dolor. El dolor de los otros. Eso no lo aguantaba ningún Pichi.
Que no tendrían heridos se había decidido en tiempos del sargento. Sin médico, sin alguien que sepa medicina ahí abajo, era inútil guardar a los heridos. Escaliados, quemados, un poco enfermos de las muelas, se puede. Heridos, no. Herido es como ser muerto".





Las imágenes de Londres se iban diluyendo a medida que 
me adentraba en el texto de Fowill,.


"Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales!.



La botella de cristal con el barco del almirante Nelson en su interior en la plaza de Trafalgar había captado mi atención. En verdad iba desatenta. No pensé en que en Trafalgar y el poderío de la armada británica y su afán conquistador, no me detuve a pensar en ese marino que representaba al Imperio del comercio y la colonización.



También tenían cargos los jefes argentinos que daban órdenes en Malvinas. 

"Como oficiales, ese modo de hablar. Los tipos llegan a oficiales y cambian la manera. Son algunas palabras que cambian: quieren decir lo mismo –significan lo mismo pero parecen más, como si el que las dice pensara más o fuese más.
Tiene que haber una guerra para darse cuenta de esto.
Decía el Ingeniero:
–La guerra tiene eso, te da tiempo, aprendes más, entendés más... Si entendés te salvas, si no, no volvés de la guerra. Yo no sé si volvemos, Quiquito –le decía–, pero si volvemos, con lo que aprendimos acá: ¿quién nos puede joder?
Pensaba que el otro tenía razón. Pero: ¿volverían? ¿Regresarían?"




No podía dejar el libro. Ahí estaba la historia de una guerra absurda pergeñada 
por milicos que apostaron la vida de cientos de jóvenes vestidos de verde oliva y pertrechados con casi nada para ir a pelear por una causa tan nacionalista como para 
disfrazar una hijadeputez  históirica.









"El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo –a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida–, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traes aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura. 
Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevas y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.
Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico –a un bombardeo, a una patrulla– pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda".



 Yo no estuve en las islas. Ni siquiera había terminado el colegio secundario cuando el general que oficaba de presidente de nuestro país se envalentonó y desafío a la armada de la Reina. "Si quieren venir que vengan", dijo. Los soldados argentinos habían desembargado en Malvinas. 
La gente llenó la Plaza de Mayo para ecuchar al milico y lo vivó. Lo ví por televisión. Sentí vengüenza. Ya teníamos televisón el colores. Todos los colores eran vergüenza.


Estuve en Londres. No importa porqué. Pero quiero recordar Malvinas. Nunca sentí ese amor a la Patria que envidio en otros. Sin embargo, quiero recordar a los chicos de la guerra.


... "empezó un frío fuertísimo, por la sombra que hacían y el viento que soltaba la cortina de aviones volando bajo, camino al sur, al arco iris.




Mucho tiempo después de haberlas tomado miré estas fotos. Ya había leído a Fowill. Conocía de memoria la historia que nos vendían en el 82: "Vamos ganando". 



Las fotos, los Pichiciegos ...



Más fotos. Y recuerdo de Loas Pichiciegos



¿Ibamos ganando?

"Mientras tanto, la radio argentina llamaba a pelear: según la radio, ya se había ganado la guerra. Pero: ¿cómo creerle si se veían montones de oficiales vendándose para ubicarse primero que nadie en las colas de las enfermerías?"



"Ya se veía venir el final, sobraba más el tiempo. Se salía poco. Un pichi salía y topaba con filas enteras de soldados caminando a entregarse a las líneas inglesas, apretando en el guante los papelitos que tiraban de los Harrier incitando a rendirse".


"Iban con la mirada fija en el horizonte sur, caminaban despacio, siempre tropezándose con los zapatos rotos y esas caras de tristeza desesperada. Entre ellos había suboficiales y hasta oficiales disfrazados de conscriptos. Era triste y ridículo: los veías vestidos de conscriptos, imitando la manera de caminar de los conscriptos, pero les notabas la gordura, las canas en las nucas y la edad en la cara y te dabas cuenta de que era un disfrazado".



"A veces, cuando pasaban por los restos de un bombardeo o de una batalla, algunos salían de la fila y revolvían entre los muertos buscando armas, porque como en los papelitos reclamaban que entregasen las armas y ellos venían desarmados, tenían miedo de que los ingleses no los quisieran aceptar de presos".






"Mientras, la radio argentina seguía diciendo que se había ganado la guerra. Y en la británica, entre los chamamés y zambas que pasaban, hacían la lista de entregados, que ya no los contaban por nombres –también en eso se veía acercarse el final– sino por número de regimientos". 




"Después hablaba la chilena sobre las guaguas y las pololas y cada tanto pasaban himnos ingleses. Si el paracaidista puto y el operador de los transmisores los sentían, se acercaban a las chimeneas de los pichis, los cantaban a la par del coro de la radio y les saltaban lágrimas de emoción, o de contentos de ir ganando. 







"A los pichis les enseñaron una que se pasaba mucho por la radio: “My home is the ocean / My grave is the sea / And England shall ever/ Be Lord of the sea”. Era muy fácil de aprender a cantar pero escribirla, o entenderla, no cualquiera podía, por lo arrevesado de la fonética y de la manera de pensar de ellos; la traducción es más o menos que ellos siempre la tienen que ganar. Algo así.
Hijos de puta".



Terminé el libro y mi viaje.  No sé me ocurre nada más 
apropiado para terminar estas líneas que la misma frase de 
Fowill: hijos de puta.



(Fragmento de "Los Pichiciegos", Rodolfo Fowill)