Jugar a las escondidas

"Me sigue, sombra
latido del corazón,
sin hacerse ver por mí pero mostrándose a los demás
como una máscara
que jamás me quita.
... Demasiadas fotografías son culpables.
Buscándole un parecido
en los perfiles egipcios
como de animales
que han quedado grabadas
en algunas monedas antiguas
pudo morigerar su antagonismo.
¡Cuchara, vidrio, cuchillo, aljibe, espejo!
No quiero más fotografías de esa cara
que no es la misma cara                                                                             que estaba adentro   
                          de una cuchara
ni en el vidrio, ni en el cuchillo, ni en el aljibe,
ni siquiera en el espejo".

 Fragmento de "La cara", Silvina Ocampo.

Profesión de trino






"Tomo un pedazo de pan duro, 

lo remojo en el agua 
y lo doy a los pájaros de arriba. 
Come un gorrión el pan y luego tiende 
sus alas al espacio: 
… , el pan duro se ha convertido en vuelo". 

“Didáctica de la alegría - La Alegropeya", 
Leopoldo Marechal. 

El árbol inefable


Hay en la casa un Árbol
que no plantó la madre ni riegan los abuelos:
solo es visible al niño, al poeta y al perro.

Su primavera no es la que fundan las rosas:

no es la vaca encendida ni el huevo de paloma.
Su otoño no es el tiempo que trae desde el mar
caballos irascibles, por tierras de azafrán.
Al Árbol suben otras primaveras e inviernos:
el enigma es del niño, del poeta y del perro.

Cuando la primavera sube al Árbol-sin-nombre,

vestidos de cordura florecen los varones;
y Amor, en pie de guerra, se desliza
de pronto a la sabrosa soledad de las hijas.
Entonces el sabor de algún cielo perdido
desciende con el llanto de los recién nacidos.
Pero cuando el invierno lo desnuda y oprime,
sobre los techos llueven sus hojas invisibles,
y, horizontal, cruza las altas puertas
alguien que por el cielo desaprendió la tierra.

Hay en la casa un Árbol que los grandes no vieron:

el enigma es del niño, del poeta y del perro.

Leopoldo Marechal - "Poema del árbol"

Progresión narrativa, el saber de la comunidad



"Como otras tareas de la comunidad, tiene la función de proporcionar expresión y contento a las experiencias particulares para que sean reconocidas por la totalidad de la sociedad, para que las percepciones (del  tiempo y del espacio, por ejemplo) puedan adquirir un significado común sobre el cual será posible construir el aprendizaje de cada ciudadano". 


"En la historia inuit, dice Bonnefoy, "muchos acontecimientos aparecen insinuados, os simplemente definidos por su ausencia, en relatos que aparentemente no dicen nada acerca de ellos."



"Las ideas inaprensibles de tiempo y espacio están siempre implícitamente presentes cuando quedan recogidas en una historia, y adquieren, bajo la forma narrativa, una identidad concreta que puede ser poseída, sea por un grupo o por un individuo." 


"Para el inuit ... el "buen verso" pertenece al individuo encargado de decirlo y a la sociedad que le ofrece ese encargo, del mismo modo que, para los occidentales, la tierra sobre la que está construida una casa pertenece a quien la habita o al tiempo asignado al trabajo o al ocio pertenece a cada ciudadano".

"La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias", Alberto Manguel. 

Al margen de las noches

"La novela comienza en una estación de ferrocarril, resopla una locomotora, un vaivén de pistones cubre la apertura del capítulo, una nube de humo esconde parte del primer párrafo. Entre el olor a estación pasa una ráfaga de olor a cantina de la estación. 
Hay alguien que está mirando a través de los vidrios empañados, abre la puerta encristalada del bar, todo es neblinoso, incluso dentro, como visto por ojos de miope, o bien por ojos irritados por granitos de carbón. Son las páginas del libro las que están empañadas como los cristales de un viejo tren, soa nube debre las frases se posa l humo. 

Es una noche lluviosa; el hombre entra en el bar; se desabrocha la gabardina húmeda; una nube de vapor lo envuelve; un silbido parte a lo largo de los rieles brillantes de lluvia hasta perderse de vista. Un silbido como de locomotora y un chorro de vapor se alzan de la máquina del café que el viejo barman pone a presión como si lanzase una señal, o al menos eso parece por la sucesión de las frases del segundo párrafo, en el cual los jugadores de las mesas cierran el abanico de las cartas contra el pecho y se vuelven hacia el recién llegado con una triple torsión del cuello, de los hombros y de las sillas, mientras los clientes de la barra levantan las tacitas y soplan en la superficie del café con labios y ojos entornados, o sorben el reborde de las jarras de cerveza con una atención exagerada para que no se derramen. 


El gato arquea el lomo, la cajera cierra el registrador de la caja que hace tlín. Todos estos signos convergen para informar que se trata de una pequeña estación de provincias, donde quien llega es al punto notado.
Las estaciones se parecen todas; poco importa que las luces no logren iluminar más allá de su halo deslavazado, total éste es un ambiente que tú conoces de memoria, con el olor a tren que perdura incluso después de que todos los trenes han partido, el olor especial de las estaciones después de haber partido el último tren. 
Las luces de la estación y las frases que estás leyendo parecen tener la tarea de disolver más que de indicar las cosas que afloran de un velo de oscuridad y niebla. 
Yo he bajado en esta estación esta noche por primera vez en mi vida. Ya me parece haber pasado en ella toda una vida, entrando y saliendo de este bar, pasando del olor de la marquesina al olor a serrín mojado de los retretes, todo mezclado en un único olor que es el de la espera, el olor de las cabinas telefónicas cuando sólo queda recuperar las fichas,
porque el número llamado no da señales de vida.
Yo soy el hombre que va y viene entre el bar y la cabina telefónica.  O sea: ese hombre se 
llama «yo» y no sabes más de él, al igual que esta estación se llama solamente «estación» y al margen de ella no existe sino la señal sin respuesta de un teléfono que suena en una habitación oscura de una ciudad lejana.
Cuelgo el auricular, espero la lluvia de chatarra garganta metálica abajo, vuelvo a empujar la puerta de cristales, a dirigirme hacia las tazas amontonadas a secar entre una nube de vapor.
Las máquinas-exprés en los cafés de las estaciones ostentan un parentesco con las locomotoras, las máquinas exprés de ayer y de hoy con las locomotrices y locomotoras de ayer y de hoy. Por mucho que vaya y venga, que vague y dé vueltas, estoy cogido en la trampa, en esa trampa intemporal que las estaciones tienden infaliblemente. 
Un polvillo de carbón aletea aún en el aire de las estaciones, aunque haga muchos años que han electrificado todas las líneas, y una novela que habla de trenes y estaciones no puede dejar de transmitir este olor a humo. 
Hace ya un par de páginas que estás avanzando en la lectura y sería hora de que se te dijera claramente si ésta en la que he bajado de un tren con retraso es una estación de antaño o una estación de ahora; y en cambio las frases siguen moviéndose en lo indeterminado, en lo gris, en una especie de tierra de nadie de la experiencia reducida al mínimo común denominador. 


Ten cuidado: con seguridad se trata de un sistema para implicarte poco a poco, para capturarte en la peripecia sin que te des cuenta: una trampa. O acaso el autor está aún indeciso, como por lo demás tampoco tú lector estás muy seguro de qué te gustaría más leer: si la llegada a una vieja estación que te dé la sensación de una vuelta atrás, de una reocupación de los tiempos y de los lugares perdidos, o bien un relampagueo de luces y sonidos que te dé la sensación de estar vivo hoy, del modo en el cual hoy se cree
que da gusto estar vivo".

Fragmento de "Si una noche de invierno un viajero", Italo Calvino.

Cartografía para transitar el laberinto mágico


 “Aparte de los teólogos y los que cultivan la literatura fantástica, pocos pueden dudar de que los rasgos principales de nuestro universo son su carencia de significado y su falta de propósito discernible. Y sin embargo, con un optimismo desconcertante, continuamos reuniendo en un estante tras otro de las bibliotecas, ya sean materiales, virtuales o de cualquier otro tipo, todo fragmento de información que podemos encontrar en forma de rollos, libros y chips, patéticamente empeñados en conferir al mundo una apariencia de sentido y de orden, sabiendo perfectamente, al mismo tiempo, que, por mucho que queramos creer lo contrario, nuestros esfuerzos están lamentablemente condenados al fracaso”
 "Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido"
"Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias. «Una gran biblioteca» —observa Northrop Frye en uno de sus muchos cuadernos de notas—, «posee realmente el don de lenguas y un gran potencial para la comunicación telepática.» 

Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» 
"Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio". 
El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite. Puede verse dominado por el horror —a la acumulación o a la magnitud, al silencio, a la admonición burlona de que es mucho lo que ignora, a la vigilancia—, y parte de esa sensación abrumadora puede seguir aferrada a él una vez aprendidos los rituales y las convenciones, una vez cartografiado el territorio, una vez comprobada la actitud amistosa de los nativos". 

"Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario. La inercia y una mal reprimida afición a los viajes decidieron otra cosa. Hoy, sin embargo, cumplidos los cincuenta y seis años («la edad» —como afirma Dostoyevski en El idiota—, «a la cual puede decirse con razón que comienza la verdadera vida»), he vuelto a ese temprano ideal y, aunque no puedo decir que sea propiamente bibliotecario, vivo entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites comienzan a desdibujarse o a coincidir con los de mi casa. "
“Durante el día, en la biblioteca reina el orden. Me muevo con un propósito concreto, a lo largo y a través de los corredores de letras, en busca de un nombre o una voz, convocando los libros a mi presencia de acuerdo con la clasificación que tienen asignada. La estructura de la biblioteca es evidente: un laberinto de líneas rectas, no para perderse sino para encontrar…
Pero de noche, el ambiente cambia. Los sonidos son más apagados, los pensamientos se hacen oír con mayor fuerza. «Sólo en la oscuridad levanta el vuelo la lechuza de Minerva», observó Walter Benjamín citando a Hegel. El tiempo parece más cercano a ese momento a medio camino entre la vigilia y el sueño en el que el mundo puede reinventarse cómodamente. Mis movimientos se hacen inconscientemente más furtivos, mi actividad, secreta. Me convierto en una especie de fantasma. Los libros son ahora la presencia real, y soy yo, su lector, quien, por medio de rituales cabalísticos y letras a medias vislumbradas, es convocado y atraído hacia cierto volumen y cierta página. 
Un libro llama a otro inesperadamente, creando alianzas por encima de culturas y siglos diferentes. Una línea a medias recordada despierta el eco de otra por razones que, a la luz del día, siguen sin hacerse evidentes. Si la biblioteca parece por la mañana un eco del severo y razonablemente ilusorio orden del mundo, de noche parece regocijarse en la confusión festiva, esencial, del universo”.
"De día o de noche, sin embargo, mi biblioteca es un territorio privado, muy distinto de una biblioteca pública, grande o pequeña, y diferente también de esas bibliotecas electrónicas fantasmagóricas acerca de cuya famosa universalidad sigo abrigando un escepticismo moderado. La geografía y costumbres de cada una de ellas son diferentes, aunque las tres tienen en común la voluntad explícita de armonizar nuestro conocimiento y nuestra imaginación, de agrupar y parcelar la información, de reunir en un lugar nuestra experiencia indirecta del mundo y de excluir, al mismo tiempo, las experiencias de otros muchos lectores, por tacañería, ignorancia, incapacidad o temor."
"Me gusta imaginar que, en el siguiente al último de mis días, mi biblioteca y yo nos desmoronaremos juntos, de forma que, aun cuando ya no exista, seguiré junto a mis libros."
"Al entrar en una biblioteca, siempre me sorprende la forma en que ésta impone al lector, a través de su clasificación, una cierta visión del mundo."
"Algunas noches sueño con una biblioteca totalmente anónima en la que los libros carecen de título y no tienen autor, sino que forman una corriente narrativa continua en la que convergen todos los géneros, todos los estilos, todas las historias; una narración en la que ningún protagonista, ningún lugar, está identificado, una corriente que me permite lanzarme a ella en cualquier punto."
“¿Es posible organizar una biblioteca de forma que imite esa ordenación asociativa y caprichosa, una biblioteca que puede parecer al observador desavisado una azarosa distribución de libros, cuando, de hecho, sigue una organización lógica, profundamente personal?”, y para tal pregunta Manguel tiene una respuesta, la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica el capítulo titulado ‘La biblioteca como mente’.
Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era «Vive y no me hagas daño». En la biblioteca Warburg “los libros de filosofía estaban colocados junto a los de astrología, magia y folclore, y los compendios de arte se codeaban con obras de literatura y religión, mientras que los manuales de lengua estaban colocados junto a volúmenes de teología, poesía y arte”. Refiere Manguel que el filósofo Cassirer la visitó en 1920, y al final del recorrido exclamó: “No volveré jamás. Si regresara a este laberinto acabaría perdiéndome”.

... “Una mitad de mi biblioteca está formada por libros que recuerdo y lastra por libros que he olvidado. Ahora que mi memoria no es tan buena como era, las páginas se desvanecen cuando trato de evocarlas. Algunas han desaparecido enteramente de mi experiencia, olvidadas e invisibles. Otras se me aparecen tentándome con un título, o una imagen, o con unas pocas palabras carentes de contexto. ¿Qué novela comienza con las palabras «Una tarde de primavera de 1890»? ¿Dónde leí que el rey Salomón utilizó un espejo para averiguar si la reina de Saba tenía las piernas peludas? ¿Quién escribió ese extraño libro Vuelo a la oscuridad, del que sólo recuerdo la descripción de un corredos sin salida lleno de pájaros batiendo las alas? ... En algún lugar de mi biblioteca se encuentran las respuestas a estas preguntas, pero he olvidado dónde”. 
“Una biblioteca no necesita ser leída en su totalidad: a todo lector conviene un equilibrio razonable entre el conocimiento y la ignorancia, entre el recuerdo y el olvido. En 1930, Robert Musil imaginó a un bibliotecario abnegado que trabaja en la Biblioteca Imperial de Viena y que conoce uno por uno todos los títulos de sus gigantescos fondos. «¿Quiere saber cómo he podido familiarizarme con cada uno de estos libros?» –pregunta a un atónito visitante–. «Nada me impide decírselo: no he leído ninguno». Y añade: «El secreto de todo buen bibliotecario consiste en no leer los libros que tiene a su cargo, exceptuando el título y el índice. ¡El que mete las narices en un libro está perdido! 
“Conservo una lista de libros que a mi juicio faltan en mi biblioteca y espero comprar algún día, y otra, más ilusoria que útil, de libros que me gustaría tener pero que ni siquiera sé si existen. Esta segunda lista incluye una Historia universal de los fantasmas, una Descripción de la vida n las bibliotecas de Grecia y Roma, una tercera novela policíaca de Dorothy Sayers acabada por Hill Paton Walsh, un libro de Chesterton sobre Shakespeare, un compendio de la obra de Aristóteles debido a Averroes, un libro de cocina literario con recetas basadas en descripciones imaginarias, una traducción de La vida es sueño de Calderón hecha por Anne Michaels (cuyo estilo, creo, se ajustaría admirablemente al de Calderón), una Historia del chisme, las Memorias verídicas no censuradas de una editora, de Louise Dennos, una biografía de Borges bien escrita y documentada, un relato de lo que ocurrió exactamente durante el cautiverio de Cervantes en Argel, una novela inédita de Joseph Conrad y el diario de la Milena de Kafka”. 
“La habitación en la que un escritor (esa subespecie de lector) se rodea de los materiales que necesita para realizar su trabajo adquiere una cualidad animal, como de guarida o nido, que contiene la forma de su cuerpo y ofrece un receptáculo para sus pensamientos. Aquí puede sentirse cómodo entre sus libros, puede ser un lector tan monógamo o polígamo como desee, puede elegir un clásico consagrado o un novel ignorado, puede dejar argumentos sin acabar, comenzar por cualquier página de un libro abierto al azar, pasarse la noche leyendo en voz alta a sí mismo, como dijo Virgilio, bajo “el amable silencio de la luna silenciosa”. 


"Citar es hacer uso de la Biblioteca de Babel; citar es reflexionar sobre lo que se ha dicho antes, y, a menos que lo hagamos, hablaremos en  un vacío en el que ninguna voz humana podrá hacerse oír. “Escribir sobre historia es citarla”, declaró Walter Benjamin.  
Séneca, haciéndose eco de ideas estoicas anteriores a él en cuatrocientos años, negó que los únicos libros que deban importarnos sean los de nuestros contemporáneos y nuestros conciudadanos. En cada biblioteca podemos elegir los libros que deseamos llamar nuestros; cada lector, nos dice, puede inventar su propio pasado. Observó que el supuesto según el cual no podemos elegir a nuestros padres es, en efecto, falso, porque podemos elegir a nuestros antepasados".
"Toda biblioteca es excluyente, ya que la selección que supone su contenido, por vasta que sea, deja fuera de sus muros innumerables estantes de escritos que, ya sea por motivos de gusto, conocimiento, espacio o tiempo, no han sido incluidos en ella. Cada biblioteca evoca su propia sombra; cada ordenación crea, en su estela, una biblioteca fantasmal hecha de ausencias.""
"Los libros soñados a través de los tiempos por narradores tan libres de trabas forman sin duda una biblioteca más vasta que aquéllos que resultan de la invención de la imprenta, quizá porque el reino de los libros imaginarios permite que pueda existir un libro, aún no escrito, que escape a todos los errores e imperfecciones a los cuales sabemos que estamos condenados."

"Podemos imaginar los libros que nos gustaría leer, aunque no hayan sido escritos todavía, y podemos imaginar bibliotecas llenas de libros que desearíamos poseer, aunque estén fuera de nuestro alcance, porque nos gusta soñar con la existencia de una biblioteca que reflejara todos nuestros intereses y nuestras pequeñas excentricidades, una biblioteca que, en su variedad y complejidad, respondiera exactamente a los lectores que somos."


“Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido". 
"Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio”.

Fragmentos de "La bliblioteca de noche", de Alberto Manguel.

Liturgia de la arrogancia


"Una y otra vez exhiben 
volubles lágrimas de niebla. 
Nada inquieta menos
que el alarde ".
(Bertrand Hollmann, "Miserere")


Xul, un demiurgo, capaz de recrear el mundo



(...) "Había algo, a pesar de su sabiduría, de niño en Xul Solar. (...) Si Macedonio (Fernández) vivía pensando el mundo, repensándolo, tratando de entenderlo; Xul Solar era un demiurgo que vivía recreando el mundo ... examinaba todas las cosas ..., las examinaba y las reformaba. Por eso yo nunca llegué a entender muchas invenciones de Xul porque el pensamiento de Xul era incesante. (,,,) 

"El juego del ajedrez suele parecer demasiado complicado ... en cambio a Xul le aprecía demasido simple. Entonces inventó el panjuego, el juego universal, el juego que sería  lo que el ajedrez es a las damas y que se jugaba en distintos planos."

"Xul era astrólogo y se burlaba desde luego de aquellos astrólogos que dan muchas importancia al hecho de haber nacido bajo tal signoo tal otro. decía que ese era un aspecto de la astrología y nada más. Entonces el panjuego era un juego que era muchísimas cosas a la vez ... Estaba hecho de tal modo, que, al hacer una jugada, uno al mismo tiempo fijaba un horóscopo, componía un verso, decía palabras en uno de los dos idiomas inventados por él, es decir, el jugador era un dios múltiple." 

(...) "Esto no agota el número de sus invenciones: él estaba reformando el idioma, le molestaba - con razón creo - la torpeza y, digamos, y la excesiva largura de las palabras españolas. (,,,) una noche llegó a nuestra reunión, con un aire triunfal y nos dijo: "tengo una excelente noticia ...: ha muerto el adverbio". (...) 


 "Quiero hacer notar una circunstancia extraña: es el hecho de que ustedes hayan invitado a un ciego a que les hable de pintura. Esto es bastante curioso pero, desde luego yo he visto la pintura de Xul y sigo viendo esa pintura, o para hablar con más propiedad, Xul y su pintura siguen viéndome." 


              Extracto de la conferencia sobre Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari) pronunciada por Jorge Luis Borges en 1975.

Música: "Les Pleurs, Mr. de Sainte Colombe", versión para viola, solo de Jordi Savall.

Señas como cantos de sirena


Y hay, entre todos los que se aman, algunos que no pueden
lograr nunca el descanso en los brazos del amado. A esos,
la serenidad del corazón no los alcanza, y les toca el trabajo
constante de inventar -para poder saber el uno del otro-
un lenguaje de señas semejante al de los barcos
que a través de luces o sirenas se llaman en la noche,
a veces se responden, otras veces se ignoran y se vuelven
solitarios y callados como las criaturas
del fondo del mar.


"El descanso", de Claudia Masin en "La Plenitud".
Foto: "Ejercicio plástico"; David Alfaro Siqueiros.

Para conocerte



Sobre mis cuadernos de colegial 
Sobre el pupitre y los árboles 
Sobre la arena sobre la nieve 
Escribo tu nombre 

Sobre todas las páginas leídas
Sobre todas las páginas en blanco
Piedra, sangre, papel o ceniza


Escribo tu nombre 

Sobre las imágenes doradas
Sobre las armas de los belicosos
Sobre la corona de reyes
Escribo tu nombre 
Sobre la selva y el desierto
Sobre los nidos sobre las retamas
Sobre el eco de mi infancia
Escribo tu nombre 
Sobre las maravillas de las noches
Sobre el pan blanco de los días
Sobre las temporadas desposadas 

Escribo tu nombre 



Sobre todos mis trapos de azul 

Sobre el estanque sol enmohecido 
Sobre el lago luna viva 
Escribo tu nombre 
Sobre los campos sobre el horizonte 

Sobre las alas de los pájaros 
Y sobre el molino de las sombras 
Escribo tu nombre 
Sobre cada soplo de aurora 

Sobre el mar en los barcos 
Sobre la montaña lunática 
Escribo tu nombre 
Sobre la espuma de las nubes 

Sobre los sudores de la tormenta 
Sobre la lluvia gruesa e insípida 
Escribo tu nombre 
Sobre las formas que centellean 

Sobre las campanas de los colores 
Sobre la verdad física 
Escribo tu nombre 




Sobre las sendas despertadas
Sobre las carreteras desplegadas
Sobre los lugares que desbordan
Escribo tu nombre 
Sobre la lámpara que se enciende
Sobre la lámpara que se apaga
Sobre mis casas reunidas
Escribo tu nombre 
Sobre el fruto cortado en dos
Espejo y mi habitación
Sobre mi cama vacía
Escribo tu nombre 
Sobre mi perro codicioso y tierno
Sobre sus orejas elaboradas
Sobre su pierna torpe
Escribo tu nombre 
Sobre el trampolín de mi puerta
Sobre los objetos familiares
Sobre el mar del fuego bendito
Escribo tu nombre 
Sobre toda carne concedida
Sobre la frente de mis amigos
Sobre cada mano que se tiende

                  Escribo tu nombre 


Sobre el cristal de las sorpresas 

Sobre los labios atentos 
Bien sobre el silencio 
Escribo tu nombre 
Sobre mis refugios destruidos 

Sobre mis faros aplastados 
Sobre las paredes de mi problema 
Escribo tu nombre 
Sobre la ausencia sin deseos
Sobre la soledad desnuda
Sobre las marchas de la muerte
Escribo tu nombre 
Sobre la salud vuelta de nuevo 
Sobre el riesgo desaparecido 
Sobre la esperanza sin recuerdos 

Escribo tu nombre 
Y por el poder de una palabra
Reinicio mi vida
Nací para conocerte
Para nombrarte
Libertad

Poema: "LIbertad", Paul Eluard - Fotos y estampillas: "El esclavo", Miguel Ángel. 

Atmósfera

(…)”En un rincón de la cocina, la estufa de cresta incandescente resopla y se pavonea repleta de carbón. El juego de las llamas de los dos quinqués de acetileno orquesta el extraño desfile de sombras en las paredes. Tumbada al calor, me cautivan los gestos de mi madre y mi abuela. Se han pasado la tarde armando un telar en la cocina para urdir la trama de una alfombra. La abuela se ha tomado como una cuestión de honor enseñar a su nieta y a su nuera el arte de la lana, fastidioso, sin lugar a dudas, pero muy noble. La anciana explica y da instrucciones. Mi madre obedece solícita. A veces, hasta con verdadero placer. Han tardado varias semanas en lavar, quitar la borra, cardar, hilar y teñir la lana esquilada. Ahora se amontonan las madejas verdes, rojas, blancas, índigo y anteadas preparadas para la más ardua tarea: transformar el penoso trabajo en una labor.
Una vez fregados y colocados los cacharros de la cena, y después de desenrollar y colocar los jergones de todos, mi madre se sitúa ante el telar. Sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda ligeramente encorvada, introduce las hebras de color en la trama, y luego las fija con nudos antes de cortar los hilos e igualar el largo. Después, ante la mirada vigilante de la anciana, lo comprime todo dando una serie de golpes con un gran peine de hierro fundido y vuelve a empezar una puntada más arriba.
Con una velocidad de vértigo, un rodillo sube y baja, a lo largo de la pierna de la abuela, formando remolinos, se interrumpe bruscamente, se eleva en espiral en el aire y cae mareado en su palma.
Las dos mujeres hablan poco, y las pocas 
palabras que intercambian parecen recluirse de la estufa. El trabajo ha pacificado sus desavenencias habituales. En la habitación de al lado duermen mis hermanos. Mi padre y mi tío deben de estar despiertos. Quizás jugando a las cartas.
Saboreo el placer de mi nueva cama. La manta que comparto con la abuela me parece ligera y suave. Sigo con la misma frazada raída colocada sobre una estera de esparto.
Deslizo la cabeza y froto la mejilla en la manta de la abuela. 
Es de satén y huele a almizcle. ¿O es que tengo ese olor metido en la nariz? Sé que la abuela lleva un frasquito con la preciosa sustancia prendida en el vestido con una fíbula.
Disfruto tanto al no tener que respirar la peste acre de la lana mezclada con la lana de mis hermanos pequeños … Saboreo tanto poder moverme sin provocar gruñidos y ser dueña de mi cuerpo … Me estiro atravesada en dos camastros que se me ofrecen y vuelvo al espectáculo que me brinda la habitación.
La danza de movimientos de las dos mujeres, la armonía amortiguada de sonidos, la pantomima de sombras en las paredes y la atmósfera rojiza me cautivan de nuevo. La abuela calla. Está entregada por entero a la coreografía del telar, que ofrece una escena de su vida de antaño. Tengo esa sensación.
Me han convidado a un espectáculo. Me lleno con la visión de la sorprendente arpa que es el telar, con su música en sordina. Un decorado sepia en el que participan una estufa socarrona y dos duendes que surgen del vientre de los quinqués.  Me empapo del espectáculo antes de que desaparezca todo para siempre cuando alguien sople las llamas”. (…)



“El desconsuelo de los insumisos”, Malika Mokeddem. 

Extimidad - De la introspección a la hiperconexión

El movimiento y la fragua


“Lo real no está ahí, lo estamos construyendo continuamente, nos dice la experiencia del arte, que se mueve en un suelo eminentemente sensible; el sentido no está atrás, está en el porvenir; o en una compleja red de relaciones que modifica, fractalmente, instante tras instante, el modelo, el conjunto de lo que solemos llamar lo real; y en ese fluir se producen bifurcaciones donde los cambios se revelan y se fraguan – pero el fraguado no es eterno, hasta el hierro se endurece y se disuelve en la próxima ocasión -, donde la naturaleza entera y la humana conciencia, entre la necesidad y la libertad, se transforman”. 

Fragmento de "La pequeña voz del mundo, Diana Bellessi.

Refugio



 "... no es necesario volar al centro mismo del sol, 
pero sí arrastrarse hasta un lugarcito de la tierra, 
que esté limpio, donde el sol brille a veces 
y donde pueda uno calentarse un poco". 

Franz Kafka - "Carta al padre", Jacobo Muchnik editor, Buenos Aires, 1955.


El que es hablado

Por debajo del lenguaje

"Hay palabras que son como una fiesta 
que cae del asombro de los pájaros".


(Roberto Juarroz, "Fragmentos vericales", "Casi poesía")



"Vivo el poema como una explosión del ser por debajo del lenguaje. 
Descubro aquí cuatro elementos básicos: explosión, ser, lenguaje y debajo. 
Podríamos acercarnos a ellos diciendo lo anterior de otro modo: el poema es la expansión abrupta de una realidad fundamental que se genera a través de las posibilidades subyacentes de la expresión verbal y no sólo por medio de la su capacidad significativa inmediata. " 

de R.J. en RobertoJuarroz.com

Has de sahumar la casa con espliego



"Y así, atormentaba a quienes, juraba, tenían boca de dragón,
seco el entendimiento, cargado de peras y manzanas.
Y en la desmesura, con cada admonición levantaba el índice,
señalaba las puertas del Cielo y del Infierno, como si tuviera
la clave última de la existencia y la potestad de reconvenir".



Del Libro de los cerrojos, III.