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Donde yo existo más están las manos y la noche


Cuando no sabía
aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón.

"Yo sentía que la noche era dulce

como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
                                                         Madre:
era tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba.

No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las manos y la noche.
                                                 A veces,
cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío
el mundo, alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
                           Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos.
                                                  Bajo
y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez, viene otra vez.
                                                      Descanso
de ser hombre, descanso de ser hombre".

(“Caigo sobre unas manos”, Antonio Gamoneda)