Poste restante

Cuenta la leyenda que el hombre solía cambiar para no dejar rastros. A nadie sorprendía que fuera mudando la piel, las costumbres, la lengua, los lugares que frecuentaba. 


Hubo una mujer que lo siguió con el cántaro lleno y alegría siempre nueva; de pueblo en pueblo iba atando y desatando la correa de sus sandalias. Sabía leer y escribir, un rasgo saliente en una muchacha a la que ancianas de su propia aldea denominaban "la fina",  para no mencionar el pecado que no se puede nombrar.

Como para romper el hechizo, las retorcidas viejas recurrieron al pensamiento mágico: dejaron en la ventana de la mujer batatas de la mala suerte y pergeñaron para ella conjuros
y nudos de nigromantes. Sin embargo, no pudieron silenciar el derrotero amoroso de la muchacha. 




Durante aquellos años,  toda vez que la mujer quiso hacerle llegar al hombre una carta no pudo: su letra se volvió invisible, como ella misma. Él iba sin permitir que su falda lo rozara en público, iba y venía a su antojo, iba y venía, sin dejar una huella ni un último remitente conocido.







                            



Con el tiempo, el run-rún de las comadronas arrastró al hombre sombrío y el agua de las vasijas se volvió cenagosa. En las manos que lo habían acariciado aparecieron las primeras grietas que el rescoldo y el olor del miedo forjan. 






El pueblo canta sus coplas y las repite para quien quiera oírlas.
Hay quienes se empeñan aún por desmentir fechas y aconteceres y echan al lecho del río los restos de la historia para sepultar las verdades que las sirenas por las noches cantan, convencidas, de que alguna vez, los mástiles se quiebran.


  

Biografía fragmentaria


Hay párrafos borrados, un calendario de fiestas y ceremoniales omitidos. He vuelto a leer tu biografía y en el revés de la trama, invisible, la tinta juega - una vez más - a las escondidas.






                           Es posible edificar muros de silencio, la memoria escucha. A orillas del río, las mujeres del pueblo suelen dibujar sus historias con frágiles piezas de mimbre en la arena. Quienes están atentos saben que son ciertas.






Como todas las tardes, los recuerdos pasan de largo por las puertas de los corazones necios.




Detrás de los espacios en blanco hay una provocación para ir en busca de los secretos. Incluso el pie de un niño podría hacerlos crujir.




La edición es bastante rudimentaria y es fácil advertir las costuras. Nada más asomarse a las hendijas y ver.

Poemas salvajes

Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las hornacinas, de las tazas. Era cuando iban las nubes por las habitaciones, y siempre venía una grulla o un águila a tomar el té con mi madre.







Aquella muchacha escribía poemas enervantes y dulces, con gusto a durazno y a hueso y sangre de ave. 





Era en los viejos veranos de la casa, o en el otoño con las neblinas y los reyes. 


A veces llegaba un druida, un monje de la mitad del bosque y tendía la mano esquelética, y  mi madre le daba té y fingía rezar. 


Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las hornacinas, de las lámparas. A veces, entraban las nubes, el viento de abril, y se los llevaban; y allá en el aire ellos resplandecían; entonces, se amontonaban gozosos a leerlos, las mariposas y los santos.



(Marosa di Giorgio, Magnolia, de “Los papeles salvajes”, Adriana Hidalgo Editora, 2008).



Un mundo que gira huyendo



"Puertas y ventanas herméticas, llaves echadas, pasadores corridos, así defienden su evasión por el sueño". 





"La casa del que duerme toma precauciones de trinchera o de tumba. 







El combate de ayer, aquí mismo: ¡ni un alma en el campo de batalla! Hombres y mujeres, tirios y troyanos, ¿qué hacen ahora?  Sus cuerpos acostados navegan en camas de hierro, madera o bronce, dentro de sus cubos inexpugnables, ¡todos evadidos!"



                                                                                                                                                       

"Una canción …se oye adentro … lloriquea en las aes y desgarra en las jotas.


Otro mundo en clausura. Ellos también han trazado su círculo hermético y navegan ahora, evadidos en una canción." (…)







"¿Qué paisajes, qué escenas evocarán ahora, encerrados en su círculo, tripulantes de su música? Rostros tal vez: caras de hombres, mujeres o niños cuyas voces un día se rompieron en las mismas jotas o lloriquearon en las mismas aes de aquella canción, bajo un cielo distinto".










"¡Si en la profunda medianoche , si en el instante justo en que un día concluye y el otro empieza, si en esa juntura misma quedase un resquicio por donde salir fuera del tiempo!"

(Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal, Libro V)