Conversaciones de otros tiempos






 "Hace un siglo, en una tarde como esta, la gente estaría tomando fresco en la galerías de su casas, o en los escalones del porche. Las amas de casa habrían terminado de lavar los platos y barrer la  cocina por última vez ese día, los hombres habrían recogido la manguera después de regar el césped. ... 


Bastaban los escalones de madera  o unas sillas de cocina que sacaban fuera.                              

         Conversaciones sobre el tiempo o un caballo fugitivo ...".

(Alice Munro, A la vista del lago, del libro "Mi vida querida", Lumen, 2013)


Lo que no es posible ocultar




Así, hasta nunca acabar. Hasta cavar la memoria que es no morir.

 Para eso se fue. 

(Libertad Demitrópulos. "El río de las congojas")

Líneas y horizontes

Has escrito los trazos de una
novela negra de palomas ciegas.

Murmurar oblicuo,
rasgaduras del mar.

Todo camino 
está cercado.








Eres apenas
un golem. Elegiste jugar un ajedrez
que marca las horas hacia atrás.




En tu impostura has creado
tu espacio para hablar de nada.



La trampa fue la trama,
condena de ataduras.






Has profanado la celebración.
Es preciso huir contra la corriente
de esa cuna de perros y lobos.
Resta volar lejos, muy lejos,
del ruido y de la niebla.

Pío Collivadino, lenguaje urbano

Pío Collivadino (Barracas, Buenos Aires,1869 - 1945)  pintor grabador y escenógrafo argentino.












Proveniente de una familia de carpinteros y constructores lombardos, pudo viajar a Italia donde estudió la técnica del fresco. Continuó su formación en sus recorridos por Francia, Alemania, Bélgica, Holanda e Inglaterra. 

Tuvo numerosos cargos, entre ellos, fue director de la Academia Nacional de Bellas Artes, desde donde facilitó la realización de la primera exposición de Benito Quinquela Martín en Witcomb.





Collivadino retrata la denominada Argentina del progreso,  de la inmigración también.

Buenos Aires está en el centro de su atención: sus puentes, sus fábricas, sus barrios, el puerto, los trabajadores.








Su mirada, traducida en pinceladas contundentes,  no escapa a los contrastes de la transformación de la metrópolis a comienzos del silgo XX. 


Foto: Marcelo de Focatiis - Inauguración  de la muestra
 "Collivadino: Buenos Aires en construcción" 
Museo Nacional de Bellas Artes

Poste restante

Cuenta la leyenda que el hombre solía cambiar para no dejar rastros. A nadie sorprendía que fuera mudando la piel, las costumbres, la lengua, los lugares que frecuentaba. 


Hubo una mujer que lo siguió con el cántaro lleno y alegría siempre nueva; de pueblo en pueblo iba atando y desatando la correa de sus sandalias. Sabía leer y escribir, un rasgo saliente en una muchacha a la que ancianas de su propia aldea denominaban "la fina",  para no mencionar el pecado que no se puede nombrar.

Como para romper el hechizo, las retorcidas viejas recurrieron al pensamiento mágico: dejaron en la ventana de la mujer batatas de la mala suerte y pergeñaron para ella conjuros
y nudos de nigromantes. Sin embargo, no pudieron silenciar el derrotero amoroso de la muchacha. 




Durante aquellos años,  toda vez que la mujer quiso hacerle llegar al hombre una carta no pudo: su letra se volvió invisible, como ella misma. Él iba sin permitir que su falda lo rozara en público, iba y venía a su antojo, iba y venía, sin dejar una huella ni un último remitente conocido.







                            



Con el tiempo, el run-rún de las comadronas arrastró al hombre sombrío y el agua de las vasijas se volvió cenagosa. En las manos que lo habían acariciado aparecieron las primeras grietas que el rescoldo y el olor del miedo forjan. 






El pueblo canta sus coplas y las repite para quien quiera oírlas.
Hay quienes se empeñan aún por desmentir fechas y aconteceres y echan al lecho del río los restos de la historia para sepultar las verdades que las sirenas por las noches cantan, convencidas, de que alguna vez, los mástiles se quiebran.


  

Biografía fragmentaria


Hay párrafos borrados, un calendario de fiestas y ceremoniales omitidos. He vuelto a leer tu biografía y en el revés de la trama, invisible, la tinta juega - una vez más - a las escondidas.






                           Es posible edificar muros de silencio, la memoria escucha. A orillas del río, las mujeres del pueblo suelen dibujar sus historias con frágiles piezas de mimbre en la arena. Quienes están atentos saben que son ciertas.






Como todas las tardes, los recuerdos pasan de largo por las puertas de los corazones necios.




Detrás de los espacios en blanco hay una provocación para ir en busca de los secretos. Incluso el pie de un niño podría hacerlos crujir.




La edición es bastante rudimentaria y es fácil advertir las costuras. Nada más asomarse a las hendijas y ver.